lunes, 24 de septiembre de 2018

A la Musa de mis entrañas

Querida Lisi:


Ni la amante de Quevedo, ni la agonía de Petrarca por Laura.
Ni el deseo de Juana de Asbaje, ni las lisonjas de esta fiel servidora.
María Luisa,  a usted le imploro, condesa de  Paredes.
No es que mi indulto sea por decoro.  Ni mi llanto tan perenne.
Mi  diáfana intención es la búsqueda de vanagloriar  su figura
y llevarla hasta lo más alto de la noria;  que no hay gloria en donde more
mujer más tentadora;  que despierte  carne y mundo, empero,
 cuando su rostro asoma.



María Luisa,  son sus labios dulces rosas,
deshojadas margaritas.
 Y son sus ojos cristalinos,
pequeñas piedras esterlinas.
Ni el Santo Padre, ni el Santo Oficio, ni los reyes de la Nueva España
volverían mis palabras un edicto,
o gozosas
         de revelación santa.





Sin importunarla,  confesar debo, restar constancias de sus primores
y secretos palaciego;
que por carencia de vocación de literata y de finura cortesía
ni siquiera me atrevo a retratar su figura,
ni cautivarme pretendo de tal afrodisíaca beldad.





Querida Señora Nicolson




Lo primero que vio al entrar en su casa, a las afueras de la ciudad, fue un inhabitual desorden, hacía veinte años que vivía allí, y nunca había visto algo fuera de lugar. Preocupado y más asustado de lo que nunca admitiría, tomó un paraguas, ubicado en un jarrón cerca de la puerta, lo sostuvo preparado para atacar y prosiguió caminando. Cuando entró a la cocina, notó que estaba como siempre, soltó un suspiro, “menos que limpiar” fue lo primero que se le cruzo por la cabeza. Subió por las escaleras, estaba muy nervioso, su respiración comenzó a agitarse, sus manos sudorosas agarraron con más fuerza aquél paraguas amarillo perteneciente a su madre, al subir el último peldaño vio un elefante gris tirado en medio del pasillo. Levantó una ceja, tragó en seco y en cuanto su cerebro terminó de analizar todo, su quijada cayó, el peluche no estaba tan gris como siempre, se notaban pequeñas manchas. Corrió lo más rápido que sus delgadas y cortas piernas le permitieron, corrió hacia la última habitación, aquella que pertenecía a su hermano pequeño, quedó parado frente a la puerta, con miedo, no quería ver lo que estaba al otro lado, tomó valor, respiró hondo y abrió la puerta. Desde el umbral vio la peor escena de toda su vida, un par de rodillas tronaron contra el suelo y de sus ojos, que no podían dejar de ver a Beni, o lo que quedaba de él, comenzaron a salir gruesas y pesadas lágrimas.

Una señora, orgullosa de sus setenta y tres años de vida, estaba cocinando, cuando escuchó a lo lejos un grito lleno de dolor y desesperación, levantó la vista con una amplia sonrisa en su rostro, disfrutando de aquél sonido, luego de unos segundos, se dispuso a terminar de sacar los ojos de la pequeña cabeza que yacía sobre la enorme mesada de mármol.


Evolet Pitt


Junto al mar del Norte


Se me asfixia el alma al saber que nunca vas a mirarme,
que nunca vas a sonreír
 cuando escuchas de mí.
Se me parte el aire cuando palpo tu indiferencia
y cuando el recuerdo de tus besos viene a golpear mis labios.
¡Oh, Mujer hermosa!
 Mujer realizada, mujer como ninguna,
 de cabellera escarlata y mejillas muertas
¿Qué malvado hechizo pusiste en mí?
 Cómo hiciste para que tu nombre quede marcado en mis entrañas
 con la misma tinta indeleble
 que se esparce por tu blanquecino cuerpo.
Dime mujer de mujeres y también de hombres,
 cómo acabar con la tortura,
cómo frenar mis ganas de envolverte
 entre mis entumecidos brazos
 cuando tu aroma se hace presente.
Dime, mujer de una noche,
 cómo suicidar este amor que crece mansamente
 por tus ojos de turmalina negra.
Tú que te volviste patria mía,
 que tu voz se convirtió en mi himno,
 y tus luces deslucidas y manchadas
se convirtieron en mi bandera flamante.
¡Oh, mujer de grandes lunas!
 Con mis rodillas ya gastadas te lo suplico,
 dime cómo hacer para abrazar mis ganas de tocarte.

                                             
                                            Evolet Pitt 


Calesita al revés


Calesita al revés

Acostado en el fino colchón de su habitación, con sus piernas juntas y brazos estirados a los costados, acariciando la acarosa alfombra verde musgo que tal vez es solo verde y el musgo real, como una decoración, o tal vez es pobre, tan pobre e ignorante que no sabe limpiar una alfombra.
Observa el ventilador girar, tan lento como si fuera una calesita al revés y puede cerrar sus ojos e imaginar niños caer, porque fueron contra las reglas y no se sujetaron del caballo azul-gris. “Agarrate bien Tomás o te vas a hacer mierda contra el piso” puede escuchar el grito algo rasposo de una señora con vestimenta colorida, cabello desteñido y olor a cigarrillo. Y Tomás que no le hizo caso, cae junto a otros niños al vacío y luego a la pansa del pobre ignorante, rebotan como un trampolín, ruedan, van directo al colchón hasta llegar a la alfombra y se llenan de musgo. Otros, con mala suerte entran directo en el ombligo como tromba, enredados en el remolino de pelo negro sucio, sudor y se ahogan… y mueren.
Ellos no tuvieron tanta suerte.
“Caen niños del cielo” dijo, o tal vez solo eran arañas, hormigas o pulgas y quiso pensar que eran niños, porque era divertido. Imaginar una calesita al revés, ver caer personitas como monedas y jugar a quien va más lejos del pobre borracho ignorante que muere poco a poco. Abre sus ojos, y ve.
Caen niños de la calesita.

martes, 18 de septiembre de 2018

Naufragio

Último aliento que dediqué a tu nombre -sin mención del número exagerado de 
borradores hechos- … todo ciclo cierra para incitar nuevos comienzos.

Tsunami onírico embriagado de memorias,

 titilante resplandor de una reminiscencia fugaz y desopilante.

Recuerdo

tus ojos negros posando en aquel cuaderno

 papel

borrador.

                                  Escritos prometedores

                                                                       de arduos sentires,

                                                                               estados e ideas...

V
    a
  i
         v
    e
          n
      e
           s 
                                        v
                                        e
                                        r
                                        t
                                        i
                                        c
                                        a
                                        l
                                         e
                                                                 s  y  horizontales

de margen                                                                                       a margen

que relataban una parcial verdad de todo lo que en tu mente circundaba.


Recuerdo
aquel locuaz recitar sonoro
Y la impasible ligereza del timbre de tu voz.
El énfasis  entonando cada puntuación
y   el aliento fugitivo,
entre largas pausas.

Recuerdo
la cándida lumbre lunar
posada en la ventana,
El fogón a leña con su chispear;
música de fondo
decorando un ambiente sobrecogedor y armónico.
Espacio poco distante entre dos.

Arrepentimiento 
                        de no haber dado un corte al aire: navaja punzante y letal.
Arrepentimiento
                         de no haber sellado nuestros labios; 
                                                    y barajar al destino con un as.
Arrepentimiento
                         de haber dejado escurrir el tiempo, el momento.
                                                                                      La no oportunidad.
Arrepentimiento
                         de haber precipitado los hechos
                                                                                 a priori.
                                                                                           Daño colateral.

Recuerdo.
Imparcial
 incompleto.

Recuerdo inexistente que poco concilié
fruto de la fantasía por el carecer del concreto,
material,
físico
anatómico
ser corpóreo
 objeto,del furtivo
 encuentro.

Sentada en aquella silla contemplando tus gestos,
tus orbes,
                                   y tu sonrisa llana.

 y recuerdo.
¿Que es aquello que recuerdo?   si, a vos.

Absorta atención hacia el cuaderno. 
El cuaderno.


Recuerdo la luz que resplandecía de la fogata
¿recuerdo la fogata? 
                                                     fogata impresa en el recuerdo
de mis memorias..



de la basta impresión que tengo del resplandor que volvía nítidas las letras
del poema en tu cuaderno.

Poema que resplandecía  a luz de la fogata
Impresa  en mis recuerdos,
adherida,
     retrato de postal.


Arrepentimiento del carecer de olvido
de la remembranza espiralada 
que se jacta de lo 'no vivido'
lo inventado
lo negado
lo prohibido

de lo casi,
parcialmente acontecido
que nos remonta en donde todo

inicia.

sábado, 1 de septiembre de 2018

La Pianista, de largos dedos


La Pianista, de largos dedos, sentada sobre  la butaca.
La vista se le desvió involuntariamente hacia el púlpito desde donde procedía la lectura de los Salmos.
Sus ojos se perdían en la infinitud del azul grisáceo, eclipsados por unas cuantas lágrimas.

Ella,  embelesada.
Ella, absorta.
Ella.
Cautivada por la mágica melodía del piano.
Ella, seducida.
Ella, fascinada.


La Pianista, de largos dedos, 
estaba enajenada, triste.  
Comenzó a acrecentarse el ritmo 
del latir,
palpitar
bombear.
Ella, las dejó caer.
Ella, no se percató.
Ella.

No percibió las notas  resbalar de sus dedos
con pulcra suavidad.
Y por el suelo de la capilla 
 las notas se esparcieron .

         La Pianista, de largos dedos, 
              se irguió nuevamente en su butaca

                  Al momento que la tormenta estalló;

             Y   las primeras gotas de lluvia 
                     arremetieron contra los vitrales.



Lucia Galluccio

viernes, 31 de agosto de 2018

Dejame abrazar la escarcha



Los árboles gritan
se retuercen,
temen.
El viento danza sin culpa
deja huellas
que duelen
                   des ga rran,
pero no se ven.
Nadie las ve.
Pero todos las sienten.
                   Ese vacío,
lo hueco del recuerdo,
las agujas muriendo
a las doce
y las moscas saboreando
el almíbar del
pasado.
Los árboles lloran,
pero sus hojas
ríen
mientras sus raíces
m
u
e
r
e
n.
Todo muere.
Todos mueren.
Y nadie dice
n a d a.
La escarcha quema
el frío se rompe,
y los árboles arden
en el pensamiento
de aquellos
que los dejaron secar.
Crecen malvones
sobre cadáveres
con plumas
rojas,
azules,
y blancas.
Y nadie dice
n a d a.
A nadie le importa
y todos
m
u
e
r
e
n.
Sombras tiemblan en
verano,
tienen frío bajo tierra,
No recuerdan el
sol
y lloran polillas,
ellas no quieren,
ellos tampoco,
todos corren por el
sendero envenenado
de momentos
R O T O S,
todos corren por el
sendero,
N A D I E quiere ser
     
                                     O
                                       L
                                         V
                                           I
                                            D
                                              A
                                                D
                                                  O,

pero todos rezan
a las brujas creyentes,
piedad para olvidar.


Soledad Moyyss







jueves, 30 de agosto de 2018

Ocho orejas escondidas (4)

Capítulo 4: Juan Quirós

Juan suspiró antes de abrir la puerta y salir al mundo, un halo de resignación recorrió su cuerpo. Esa maldita rutina que en el 2017 en Argentina había que agradecer. El país se había vuelto un juego macabro manejado por invisibles, lo cierto es que teniendo trabajo todo podía pilotearse.
Le gustaba trabajar, le gustaba enseñar, le gustaba ver las caras de los pibes aprendiendo “Prestando atención”, como dicen las viejas “Mis viejitas”, pensó… Recordó los parciales, casi se olvidaba los putos parciales que había corregido de 1ro 2da, así que tuvo que volver, entró al escritorio y sonó el teléfono:
-¿Juan Quirós?
-Sí, él habla.
-Soy tu padre.- Aquella charla no duró más de cinco minutos, se tiró en el viejo sillón de mimbre que había heredado junto con los discos de Jazz y el mueble del living cuando murió Alberto, hombre que al parecer ya no era su padre. Sonrió pensando en las certezas.
Siempre supo que eso era una posibilidad, pero ellos habían sido tan naturalmente sus padres, que nunca se atrevió a preguntarles. Es verdad que incluso de chico le generaba alguna duda el hecho de no tener un solo rasgo de su madre mota. Él era rubio, su padre también lo era, con eso bastaba.
Recordó a su amigo de la infancia, de la cuadra, allá en el barrio de Balvanera del que nunca se había ido, ese niñito estúpido y malvado de Gabriel Mamani, que cuando tuvieron ocho o nueve, le dijo una tarde: Vos debés ser adoptado.- mientras miraba el culo gigante de aquella negra.
Y así labró una cadena casi interminable de recuerdos eslabones, que lo ató a la verdad irrefutable y a la angustia. Pensó en llamar a su madre, para qué, pobre vieja… Marcó el número de Gabriel, éste atendió y se escuchó el típico murmullo insoportable del aula:
-Gordo
-¿Qué hacés Juancito? Decime.
-Me llamó un tipo que dice que es mi padre.
-Fah! Te lo dije hace treinta años boludo.
-No seas boludo gordo, no es chiste.
-¡Cállense soretes! ¡¿No ven que estoy hablando por teléfono?!- gritó dirigiéndose a ese grupo de adolescentes descerebrados que odiaba, pero estaba allí cumpliendo con su labor, mucho más leve que estar cavando zanjas.
-¿Qué hago gordo?
-No vengas, ahora le invento algo a la dire, le encanta escuchar mis mentiras. Salgo en una hora, no hagas boludeces como llamar a tu madre, pobre vieja, voy para allá después. Procúrate unos capuchones Juancito, y whisky, va a ser una noche larga.
Cuando llegó a la esquina de la casa de Juan, trató de sentir ese trayecto más intensamente que de costumbre, así lo requería el momento. Seguía allí en la esquina de Sarmiento y Pasteur la heladería Venecia, y el kiosco de diarios de Leonardo, y su ayudante Ricardo, cómo olvidarlo, él había sido quién le facilitó la primera revista porno que vio en su vida, Destape. El bar, donde estaba el mozo parecido a Palito Ortega, la serie de locales iguales llenos de chinos, y el edificio de Juan. No pudo evitar estirar el cuello y ver su antiguo zaguán, la hermosa entrada de madera y mármol que lo vio crecer. Tampoco pudo evitar ir hasta ahí y sentarse como un niño viejo y llorar, porque caía en la cuenta de lo que vivía su amigo, y lo poco que tenía para decirle. Cuando pulsó en el portero eléctrico el cuarto “A”, se abrió la puerta y salió Flora.
-¡Marito! ¿Cómo estás?- Flora ya era vieja cuando Gabriel tenía ocho, y había sido muy amiga de Raquel y Gabriel padre. Sabía retar a Juan y Marito por los ruidos los domingos en la siesta.- ¿Cómo está Raquel?
-Muerta Flora… ¿No te acordás que la enterramos hace unos años?
-No me acuerdo pelotudo ¿Y tu padre sigue con esa pendeja?
-Tiene cincuenta años la mujer de Cacho, Flora… ¿A dónde vas a esta hora?
-Al mercado, tengo que cenar algo.- Él le sonrió y la abrazó metiéndola otra vez al edificio, aparte de ser más de las diez de la noche, el mercado ya no existía.
-Voy a lo de Juan, aguantá que te cocino algo y te lo subo.- Entraron al ascensor y tocó el sexto, cuando pasaron el cuarto ella le preguntó.
-¿No ibas a lo de Juan vos?
-Sí, pero antes quiero ver que entres en tu casa.
-No voy a mi casa yo, voy al mercado.- una vez que la metió en la casa bajó por las escaleras, golpeó.
-¿Qué hacé Gordo? ¿Dónde estabas?
-Con Flora ¿Qué tenés para cocinar?
-¿Me hiciste comprar dos capuchones y vas a cocinar?
Mientras Gabriel despellejaba un pedazo de pollo y le sacaba esa baba asquerosa, Juan empezó con la catarsis.
-La cosa es que vuelvo por pelotudo, suena el teléfono, atiendo, un tipo me dice: Soy tu padre, me dice. Chupate esa mandarina. Entendeme gordo que este gil me la puso.
Nada de esa noche fue relevante, Juan sólo repasó lo sucedido de hecho.
Cuando fueron por Maia, Gandolvi subía por las escaleras ajeno a lo que sucedía. Escuchó una ráfaga de ametralladora, breve, y lo supo. Maia y su hijo estaban muertos. Se metió en el cuartito del incinerador y se quedó allí por horas. Entró al departamento y no se animó a ver los cuerpos, fue directo a la habitación y sacó el dinero que tenían escondido. Desapareció para todo aquel que lo conocía. Gandolvi viajó a Estados Unidos e hizo su vida en Trenton. Y hace dos años se había enterado de la existencia de Juan por la entrevista de Basile. Lo cierto es que justo ese día Maia había ido al banco, y dejó a Juan con Zoca y Alberto. Había fuera de su casa un Peugeot 404 haciendo inteligencia, la siguieron cuando volvía de los trámites, por eso no llegaron a Juan. Y sobre todo porque el mote de Inteligencia no era más que una intención. Esta vez Vargas ni subió ¿Está todo hecho?, preguntó. Sí, respondió Moncho. Así es que por el periodista se entera de que habían encontrado solo un cuerpo. Una mínima investigación en Facebook lo había llevado a él.
Juan segmentó el espacio y lo midió, no sabía de qué forma lo mataría. Habría de invitarlo con alguna excusa a su departamento y lo degollaría, no, no se animaría. Eligió un palo, sí, un palo de amasar seguramente le rompería el cráneo y moriría. No, mirá si no muere, y tengo que empezar a cagarlo a palazos a hasta que no se mueva. No, no lo soportaría. Y pensaba esos absurdos porque lo había superado la realidad, comprendía que si aquel hombre solamente hubiese tenido el valor de buscar a su hijo, su vida sería otra. De hecho no era su vida, no era Quirós sino Gandolvi; no era Zoca, era Maia; no era Juan, era un verdadero desaparecido, y por su propio padre.
Cuando lo vio por primera vez, allá en barcito de Sarmiento al 2300, miró con compasión a ese tipo, le agradeció el haberlo entregado a sus verdaderos padres y simplemente lo dejó allí, con la mirada perdida, tratando de ahogarse en esa tacita de café.

miércoles, 15 de agosto de 2018

Ocho orejas escondidas (3)

Capitulo 3: Angelito Vila


La siesta boliviana de La Paz lo acobijaba en un microclima ideal para unas paceñas y House. Después del mediodía la ciudad moría, era simplemente así, nada pasaba luego del almuerzo. Eran las dos y media, mamá Jose seguramente vendría cerca de las seis para traer la ropa limpia y llevarse la sucia. No venía necesariamente por eso, sino que quería estar ahí, entre los recién casados.
Jose estaba en todo, era la mujer más metiche que conocía, pero era su madre y lo permitía. Cuando llegó tocó tres timbres, esa era la contraseña para avisar que era ella y que entraría con su llave, siempre tuvo una velocidad inexplicable para Ángel, el cómo se trasladaba Jose esos treinta metros que tenía el pasillo del PH en dos segundos. Ese día no ocurrió, él la estaba esperando agazapado detrás de la puerta con una Bombucha, quería recordarle que era época de carnavales, quería hacerla reír, sabía de los celos por su casamiento, quería mimarla ese día, incluso había planeado llevarla a cenar. Porque cuando salió a comer, fue a lo de Lito, entonces caminó por la peatonal, y como desde la mañana pensaba en ella, sin razón alguna, pasó por Millie´s a comprarle un jean. La vestía de joven, no quería que se vea como una abuela, entonces siempre le compraba ropa o le decía dónde hacerlo.
Se preocupó porque no llegaba y abrió la puerta del departamento, ella estaba con la bolsa de ropa en la mano y la cabeza gacha. Lo miró apenada y le acarició la mejilla, él soltó la bombita de agua que dejó caer y que rodó hasta dar en el zócalo de madera, la abrazó fuertemente.
-¿Qué pasa mamita? Vení, pasá.
Era abogado, estaba acostumbrado a recibir gente con problemas graves, al punto que desarrolló una técnica que funcionaba para calmar a las personas, y así les fuese más fácil relatar lo que venían a decir.
-Llegó una carta de Buenos Aires, me la mandó un viejo amigo que está al tanto de todo. Por fin ha terminado el trámite. El tipo que mató a tu mami está preso y tenés que viajar a firmar unos papeles para tomar posesión de tu casa.
-¿Qué casa Jose? ¿De qué hablás? – ella bajó la vista al suelo y se agarró la cara; los ojos, llorosos. Se arrepentía de algo que a Ángel no le importaba. Y se acostó en el sillón donde estaba ella. Como cuando era chico apoyó su cabeza en las piernas de Jose, y le pidió que le resuma todo.
-Tuve que tomar la decisión de hacerte parte del proceso o no, elegí que no, con el miedo de que de grande no estuvieses de acuerdo, pero eso decidí. Por eso jamás te entrevistaron ni nada. Cuando tenías apenas un añito, en el setenta y cinco, ya todos sabíamos lo que se venía, la gente estaba muy caliente con Isabel, los peronistas estábamos prohibidos, literalmente. Lo que habían sido derechos se habían esfumado y dolorosamente comprendimos que muchos íbamos a terminar muertos. Incluso nosotras, que solo militábamos en un centro de jóvenes al margen del peronismo, pero de esas raíces; algo inaceptable, claro. Entonces la Pocha me agarró una vez en esa misma casa, me sentó y me habló como una hora, dándome instrucciones y consejos acerca de lo debía hacer si ocurría lo que al final pasó. Al mismo tiempo puso el departamento a mi nombre y me dio cuarenta mil pesos ley, suma que metimos bajo el colchón y fue creciendo por unos años, hasta que pasó. Con ese dinero te traje para acá, alquilamos la casa de Bolívar y la vida continuó. El gobierno argentino siempre supo dónde estábamos, y algunas veces he tenido que viajar para declarar y demás. Así son las cosas hijo, no sé si me odiás o no, pero mi intención fue alejarte de todo eso en tu crecimiento. Perdón mi amor.
-Te quiero mamita, te quiero mucho.
Siempre tuvo alguna resistencia a Bolivia, pero no tenía nada que ver con la otredad, sino que desde la adolescencia, cuando se enteró del crimen, comprendió que era en realidad de allí, de Argentina, y sólo los que por alguna razón requerían su documento, advertían que era argentino, o vago, como nos llaman los bolitas. Pero al pisar el suelo de su patria, extrañó Bolivia, y definitivamente se sintió extranjero. Salió de la estación de retiro y el tráfico inmundo de ciudad lo cacheteó violentamente. Caminó por la vereda que vigila solemnemente el Reloj de los Ingleses, y mirando los frentes de las estaciones cabeceras de los ferrocarriles San Martín, Belgrano y Mitre, rió pensando en esos nombres como absurdos, frente a la realidad argentina del 2017.
Tenía todo anotado en una libretita, qué colectivo tomar desde allí al Hotel Bauen y luego hasta el abogado y por fin a la casa maldita. Pero decidió caminar, no tenía ningún apuro. Subió la cuesta del bajo en la avenida Córdoba, por esa fue hasta Cerrito, desde esa esquina vio el insulso y fálico adorno porteño del que se sienten orgullosos esos tipos. Lo tuvo en frente cuando llegó a Corrientes, a siete cuadras del hotel, siete cuadras que hubiese hecho en veinte minutos como mucho, pero la cantidad de librerías que hay en ese tramo de arteria porteña, lo retrasó hasta la noche.
Llegó al hotel, llamó a su madre, después al abogado. Durmió.
La cita era a las once de la mañana. A las nueve llegaba Priscilla, su esposa, quien insistió en que no fuera a buscarla a Retiro, porque había decidido viajar en avión y llegaba a aeroparque. De ahí se tomaría un taxi y ya.
Prefirió caminar por Callao, de la mano de Pris se detuvieron frente al bar Los Billares, Jose le había contado que allí la Pocha había conocido a Cacho, su padre. Minutos después llegaron a Sarmiento 2333, lugar del hecho.
“Te amo Angelito” leyó en la puerta de madera en ruinas, y eso que llaman nudo en la garganta lo estaba acogotando, su mujer pudo advertirlo y le agarró la mano, entendiendo todo lo que ocurría en el interior de su hombre.
Su madre había muerto allí dentro. De un balazo en la cabeza, así la habían encontrado el veintidós de octubre de 1978. Minutos antes de perecer, ordenaba la biblioteca, y renegaba por tener la tríada Nexus, Sexus y Plexus de Miller, armada de distintas editoriales. Acomodó los de Bukowski en el estante de arriba, porque lo consideraba superior al pelado estúpido y genio ese. Su hijo jugaba con el Operación, ese que tenías que meter los órganos con cuidado si no sonaba una chicharra. Y mientras Serú Girán era censurado aleatoriamente por el niño cirujano, Pocha escuchó las botas escaleras arriba, tomó de los brazos a Angelito que estaba en pleno juego, lo besó en la boca y le dijo aquello que él ahora veía escrito y que destrozaba su humanidad, y previa advertencia a Josefina, lo arrojó por el pulmón del edificio, así horas después “Mamá Jose”, como Ángel la llamaría toda la vida,  lo sacaba del país, se lo llevaba a Bolivia, allí odian a los argentinos, había menos posibilidades de que los busquen, así se volvieron invisibles.
El “Te amo Angelito” había sido un aterrador réquiem en su cabeza que aparecía en sueños, en duermevelas y en situaciones inexplicables desde el día fatal, y que recién se calmó cuando mamá Jose, a los dieciséis años, le contó todo. Cuarenta y dos años después, miraba petrificado aquella esquela eterna en la misma habitación, aquel mensaje maldito y bendito a la vez, que solo una madre que quiere, no cualquier madre, pudo cuidar, incluso muerta, del paso del tiempo.
Miró alrededor buscando a ese niño, lo encontró cuando yendo a una de las habitaciones pateó la avejentada caja del Operación, lo tomó y se reconstruyó dolorosamente. Se acercó a la ventana, levantó la chirriante cortina de madera y se asomó a su pasado. Revivió la caída, y sintió cómo dios le arrancaba de las entrañas a su madre, y así lo odió, lo odió para siempre.

miércoles, 6 de junio de 2018

Hasta la nieve llora


La nieve cae
En una noche de verano
Deslizándose por tu fría piel
Noto mis pulmones luchando
Y si por un segundo
El mundo se volviera mudo
Podrías escuchar los gritos
Que de mi pecho emergen
Por el dolor que tú me das

Tu piel blanca
Como la nieve virgen
Que cae en mi ventana
En esta noche calurosa de noviembre
Caliente
Como los besos que alguna vez nos dimos
Sofocante
Como lo fue tenerte desnuda entre mis brazos
Pero hasta el frío quema
Así
Como quemó
No tenerte a mi lado al despertar
Así
Como quemó
Tu desprecio

Cariño
Me rompiste el corazón
Pero mañana 
volveré a sonreír.



                                Evolet Pitt 

Ocho orejas escondidas (2)


Capítulo 2: Rosita Ugarte

Abrió la puerta del bañito de la habitación matrimonial y encontró a Rosita Ugarte, que sólo tenía nueve años, petrificada y con los ojos bien abiertos. Sostenía el lápiz labial de su madre con el que se había dibujado, sin quererlo, una boca de payaso. Venga a saber uno, si como dicen millones de personas desde hace dos mil años, tratando de convencer al resto incrédulo, de que existe un dios que todo lo puede hurgando en nuestro interior, o por pura casualidad, que Vargas llevó su pistola a la cabecita de Rosa y le dijo: “Qué lástima Oreja”. En el exacto segundo previo a disparar, el cabo Suárez, “Moncho”, gritó desde el comedor desesperado: ¡Coronel! ¡Coronel!- Vargas desvió la vista y a sus espaldas Rosita desapareció. El bañito de la habitación del Rulo Ugarte, como lo conocían sus compañeros, contenía un pasadizo al escondite que esperaba alguna situación similar, y al que le había enseñado a Rosita a acceder. No era casualidad que Vargas estuviese allí, tampoco lo era el escondite en la casa del Rulo.

Estaban escuchando Perdido, por Count Basie y Sarah Vaughan, a Rosita le encantaba imitar a Sarah frente al espejo de la puerta del placar que la copiaba de cuerpo entero, así que mientras se pintaba para su show, Rulo trozaba las verduras para el puchero, mientras la carne danzaba sola en su caldo salado. Vicky llegaba en dos horas, hasta eso la comida ya estaría. Aunque fuera una comida de invierno él la cocinaba ese treinta de Marzo caluroso porque su mujer había ganado el piedra, papel o tijera del desayuno. Así los tres elegían la cena.

Se había entramado con el ambiente una ligera angustia, tres días atrás la democracia había concluido, y aunque previo a eso era vox pópuli, no se aceptó el hecho hasta que la realidad lo puso frente a todos.

Los militares tenían el poder.

Los malditos militares, no los de San Martín, ni los soldados amantes de la patria, sino la más sucia de las calañas corruptas. Al fin se entendía que con Perón no se popularizó la milicia, sino que no era casualidad su llegada a la política.

Acá estaban los López Rega, Los Montoneros, el ERP y Videla.
Por su parte, Rulo estaba obnubilado con toda esa corriente de pensamiento que nació con la revolución Francesa de la que habían salido Olimpe de Gouges, Sartre, Danton, Voltaire, Montesquieu, el Dadaísmo, y luego las luchas contra el racismo en Norte América (como si acá no hubiese habido o no hay racismo).

Y eso irradiaba en su trabajo, parecía obligar a sus compañeros a elegir un libro ponerse a leer en los tiempos libres, como si esos tipos que se pasaban todo el día fundiendo metales, tuvieran ganas de llegar a sus casas y ponerse a leer historias de gente desgraciada. Todo el tiempo hablando de derechos y respeto al trabajador, y aunque General Electric tenía dirigencia extranjera, lo dejaban, porque no estaban al tanto de los procesos políticos de Argentina, les importaba sólo el segmento económico, sus variaciones accionarias.

Muchos años después recordarían sus compañeros de la empresa, como discutía Rulo con sus jefes para que se hagan efectivos los descansos en feriados, y los tiempos que necesitaban los compañeros que estudiaban. No olvidaban las veces que salía de su turno y se iba sin escala a la casa de algún compañero para ayudarlo en alguna materia que estuviese cursando. Y él creía que nadie lo veía, pero sí, lo veían los jefes, sus compañeros, sus amigos y el nuevo, Valerio Martínez. Un tipejo bajito, de alma oscura, un hombre tosco que escondía un pasado trayecto en la literatura, pero su ambición pudo más, y pesaron el hambre y la insistencia de su madre, que creía que los militares serían perpetuos. Así que se unió a las filas de la dictadura, en el más bajo de los escalafones, el de buchón. Los infiltraban en las reuniones de trabajadores, para que tome nota de lo dicho y señale posibles subversivos, personas peligrosas para la patria.

La gente estaba al tanto de todo, el pueblo argentino nunca fue ingenuo, es cómodo, y desde aquella época, cuando decide que sea el estado quien les pague la vida, tipos como Rulo, eran tildados de hippies, zurdos o socialistas. A Rulo todo le permitían, porque si había algo claro acerca de ese tipo, era que no tenía maldad. Todo lo que hacía era en función de un sano hedonismo.

Pero el buchón de Vargas no se la dejó pasar, y lo vendió con bronca “Ahora vas a cagar gordito de mierda…”, se dijo mientras hacía el informe en su casa de Caballito. Para el buchón, el Rulo era un tipo peligroso, mejor hacerlo mierda.

Entre las séptimas estridentes de Basie, los alaridos del estribo alto de Sarah, y los golpes en la tabla de picar, fue imposible advertir lo que sucedía. Al tiempo que la cara de Rosita se teñía graciosa de rojo, giraba una mano del diablo el picaporte y los cadetes entraban apuntando al Rulo, Moncho le pegó un culatazo con el fal y uno de los chicos le disparó sin remordimientos. Rulo cayó justo cuando Rosita saltaba del banquito y escuchaba el ruido de su padre contra la pinotea, así lo imaginó y así fue.
Vargas entró concluido el homicidio, respiró el humo con olor a pólvora girando románticamente el rostro, se acercó al cuerpo y lo movió esperando alguna reacción que lo obligara a rematarlo. Registró la casa cuarto por cuarto, hasta que se encontró con la niña. Gracias a que el Cabo Suarez se dejó llevar por la emoción de encontrar un fajo de billetes, Rosa esperó en la profundidad del silencio allí en el ciego escondite.

Cuando Vicky se encontró allí frente a la muerte, solo buscó el otro cadáver, como no lo encontró suspiró aliviada con las esperanzas hachas nudo en su garganta. Casi sin voz, dijo lo que tenía que decir y Rosa apareció por la puertita debajo del lavamanos.
Los meses siguientes al asesinato los vivió con el rostro hirviendo, soportó la farsa de los policías haciendo las parodias de la investigación mientras sabía que ellos mismos habían dado vía libre a ese operativo salvaje y desprolijo.
Porque así fue al principio, incluso más atroz que lo que vino. A Rulo lo mataron porque no sabían muy bien qué significaba silenciarlo, que era la orden, sin especificaciones, que recibían de arriba. Vargas tenía hambre de poder, eso lo volvía descorazonado, lo deshumanizaba.

Muchos años después, en los juicios, lo tuvo varias veces cara a cara a Vargas, sabiendo quien era y que había estado en su casa, que era quien dio la orden de muerte a su esposo y los dejó en la nada a ella y a su hija.

Sin embargo Rosita vivió con esa mirada del baño en sus pesadillas hasta el día que el represor cruzó las rejas de la cárcel de Santa Fe. Dos vidas habían perecido aquel día, cuando aún era esa niña que reía sin límite, que jugaba a ser cantante y sentaba a sus padres en el living para actuarles alguna versión de la última película que vio en el cine con su abuelo. Aquella niña de ensueños, terminó siendo una mujer depresiva, amoral y sin expectativas del mundo. Su madre era algo así pero un poco más grande. En muchos casos la dictadura había ganado, y la democracia, seguía siendo al día de hoy, irrelevante.