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miércoles, 29 de mayo de 2019

Ocho orejas escondidas (5)





Capitulo 5: Maude Casares 

Había un trasfondo siniestro en la historia de Maude Casares, esa nenita medio rara que deambulaba por el patio de la primaria del Cornelio Saavedra sin mezclarse mucho con sus compañeritos, los creía unos imbéciles. Se había mezclado con el arte desde muy chica. 

A los nueve años, iluminada por el sol de invierno, dividiéndose entre el lienzo y la parte pesada de She´s so heavy de Los Beatles, trazaba en carbonilla estelas surrealistas de niña prodigio, desde los cuatro lo hacía. Se plantaba frente al lienzo como despechada, furiosa; era tan gracioso verla… Y le daba de latigazos y alma a la tela. Porque la pequeña Maude había entendido esos sentidos básicos del ser humano necesarios para odiar, para no morir de hambre, y para ir y volver de la escuela sin perderse. 

Solían amarla y odiarla intermitentemente, el mundo era así de insuficiente con ella, que según la temporada, inferían los grandes, era una chica genio, o se había vuelto loca. Algunos porque no entendían su visión tan explícita, y otros porque no lo aceptaban. A veces le sorprendía que las mismas personas hagan críticas opuestas en distintas exposiciones sobre la misma obra, era gracioso también. Subestimando lo residual. 

En la música estaba todo eso que no sabía decir; en la que escuchaba, en la que tarareaba, en la que salía de los instrumentos que esperaban tirados en la alfombra sin ninguna prisa. La pintura permitía un mundo mucho más interesante que el que le había tocado vivir. Sin embargo, era en los libros donde flotaba una libertad extrema que la soltaba al vacío de la catarata de las desgracias que leía. Como una flecha que desciende entre las gotas del flujo asqueroso que emanan las personas que no ven, esperaba así, con el corazón en la garganta, el impacto de la caída, el golpe contra el suelo. Se zambullía entre el agua y las piedras y revivía. Salía victoriosa y provocadora, más fuerte. Mientras recibía a los dieciséis años su primer premio por un óleo en un concurso nacional, en el momento que un hombre sorprendentemente parecido a George Cowley le colgaba la medalla de oro, ella meditaba sobre los lazos inexplicables con eso desconocido que la construía tan dura, en este plano de la vida. 

Maude había sido un error desde su concepción, para el común de las personas que visitaban la casa o la veían en clase, parecía idiota. Leía Paulo Cohelo y Jorge Bucay, uno hacía que se deprima y el otro hacía como que la curaba, regalos de la vida moderna pensó, mientras cerraba luego el libro de Jorge diciendo qué manera más estúpida de perder el tiempo. Pero no lo pensó por Jorgito, hablaba de un tip que le había dado en su libro para ser un poco más feliz 

Había nacido por error y siguió viviendo por lo mismo, estaba convencida de eso. 

A sus dieciséis años Violeta entró por primera vez a un local de militancia comunista. Ahí en Bartolomé Mitre y Uriburu, al lado del bar de Barros y de la casa de Urtubi. Tenía a Marx clavado en el culo, y creía realmente en las revoluciones, claro, aún no sabía ni siquiera quién era. Aún no sabía que terminaría siendo una desertora peronista. Y que si no la mataba la milicia lo haría el mismísimo Marx. Había llegado allí para dar clases de pintura en eso que era una especie de centro cultural barrial, pero que con el tiempo descubrió, era un centro de militancia política. Pablo Santos fue uno de los primeros dirigentes juveniles del sur, Temperley y Banfield eran suyos. Ella lo creía un revolucionario, incluso muchos lo creyeron, pero no, él solo hacía negocios políticos. Quería poder y trabajó para conseguirlo, olvidando, el cara de verga, la decencia y los valores. 

En la fiesta de egresados 1974 del Normal de Banfield, allá en la calle Manuel Castro, Violeta Barón y Pablo Santos se escondieron bajo las escaleras de mármol e hicieron el amor, su noviecito de toda la secundaria, la tiró en el suelo y en la oscuridad absoluta le hizo un pibe. 

Cuando Violeta la mostró a su abuelo, le dijo: Mirá, acá tenés a Maude, tu nietita. Le puse así por Maud Mannoni. 

-¡Es preciosa!- Y así la vio por siempre. Maude no había sufrido pena alguna, tanta mentira descarada de sus abuelos le borró todo recuerdo de antes del asesinato. Pareciera que a veces el cerebro funciona como un fusible, que por ahí no se corta, pero se calienta y se resiente, hasta que por fin explota, y deja de funcionar. Resetea, subestimando lo residual. 

Esta mañana, en el cruce de las calles Anchoris y New York, del Barrio San José, en Temperley, tuvo lugar un trágico accidente, que dejó el saldo de dos personas muertas, Una joven de veinte años y su hijita de uno. Vecinos del lugar, que desafortunadamente presenciaron el hecho, relataron: Dobló coleando el Chevrolet 400 y atropelló a La Violeta, que despidió a La Mudita, que voló unos metros y se murió ahí en la vereda. Hijos de P...! Frenaron, uno bajó a ver que estén muertas y se subió al auto y se rajaron… Relató Don Eusebio al borde de un ataque de nervios. Hasta hoy no se ha presentado la policía para ningún tipo de procedimiento. Los restos serán velados en la casa de velatorios Cerrito. 

Lo cierto es que todo había sido una puesta en escena. Hicieron la denuncia sabiendo que no les darían ninguna importancia, y que no vendrían. Sabían quiénes eran los asesinos, entonces el médico de cabecera de toda la vida de la familia Barón fue quien firmó el parte de fallecimiento de dos personas, el periodista publicaría la nota en el diario local, y se velarían los dos cuerpos a cajón cerrado. Un grupo de familias complotadas para, vaya paradoja, desaparecer una persona. Así de gambas eran en esa época. 

Y era cierto, “Moncho” había bajado a certificar el perecimiento de Violeta, y lo sorprendió ese angelito inerte, y así fue el parte luego a Vargas. 

Así había crecido, sin saber, sin sospechar que su madre había sido asesinada, y no muerta en un accidente, como todo San José había convenido en mentirle. 

Por error atendió, por error de Julia, la Bela, al cartero que traía otra carta más para ella, de un periodista o algo así. 

-¿Qué es esto Bela? Acá dice que es la tercera que me manda… ¿Qué es esto Belo?...-Augusto bajó la vista. Ella los miró desencajada, todo caía frente a sí, la verdad la cagaba a cachetazos, y veía a esa mujer que había armado con pequeñísimos recuerdos, y que era una especie de talismán al que se aferraba cuando necesitaba escapar de la mentira. Lo más grotesco de la escena, era ver a esos viejitos vencidos, Maude reprimía su enojo callando, que se le chorreaba una bronca por la jeta ¿Qué les iba a decir? Estaban muy grandes, qué sentido tendría. 

Había como ciertos niveles de relevancia entre los elementos. El elemento “sociedad” no la entusiasmaba en lo más mínimo, detestaba respetuosamente a la mayoría de las personas. No tenía la necesidad de fingir nada. Con esto entendía algunas cosas que no tenían explicación, pero que tampoco buscaba, no le interesaba ahondar en cuestiones ajenas. Odiaba a los políticos, donde entraban también los activistas de cualquier índole. Como sus padres, así que ahora también los odiaba a ellos. Sentía una repulsión absoluta por quienes creían tener una verdad entre manos, esos que creían que tenían alguna solución, aquellos que convencían a otros para que los acompañen en una lucha donde no ganaría nadie, eran para ella simplemente basura. 

Y enterándose de su madre se entendió un tanto anarco, y por su padre, su forma de encantar a las personas para hacer lo que ella quisiese. Ella que no tenía interés por descubrir más que lo que caminaba, se encontraba en el peor de los mundos. Una realidad que no sospechaba, ni admitía, ni aceptaba como suya. 

El hombre, que con su insistencia llegó a la puerta de la calle Anchoris no era más que un fanático ignorante sin rumbo. Le hablaba de la verdad como si existiera, lo veía como veía a los evangelistas; un pobre tipo hinchando las pelotas por el mundo llevando una bandera que no le pertenecía. La verdad no es de todos, no tenía derecho ese estúpido a meterse con la intimidad de las personas. Sin embargo, su búsqueda de una historia real, no era más que la obsesión de encontrarle un sentido a su vida, sólo personas vacías podían buscar beneficio entre tanta mierda, aplastando a quién sea sin importarle. Y pensando en eso, de pronto le dijo al espejo, con la boca rebalsada de dentífrico: 

-Pero como todo lo que sucede en nuestro país, aunque se repita una y otra vez, aleatoriamente en la historia, nada deja una enseñanza, siempre hay alguien trabajando para que eso no suceda ¿No? Otro para que suceda, y así… Esos dos nunca se encontraron.- Y volvió a sus pensamientos… Porque no se veían entre sí… Lo escondía a uno del otro esa bandera pelotuda...- Mientras escupía el agua del enjuague, decidió negarse, escupir en la cara de los defensores de sus propios egos, ya habían desaparecido las discusiones, solo se levantaba un poco más la voz hasta que el otro se cansase y se fuese. Y ella no era parte de nada de eso. No le interesaban los desparecidos, ni sus padres ni nada que la aleje de sus intenciones en la vida, que eran completamente al azar. 

No tenía la necesidad de coincidir con nadie en su manera de ver la libertad, sabía, que la libertad perdía sentido cuando se la comprendía de algún modo, carecer de esos conceptos, andar libre por ahí, era, sin condiciones, lo único que necesitaba.

jueves, 30 de agosto de 2018

Ocho orejas escondidas (4)



Capítulo 4: Juan Quirós


Juan suspiró antes de abrir la puerta y salir al mundo, un halo de resignación recorrió su cuerpo. Esa maldita rutina que en el 2017 en Argentina había que agradecer. El país se había vuelto un juego macabro manejado por invisibles, lo cierto es que teniendo trabajo todo podía pilotearse.

Le gustaba trabajar, le gustaba enseñar, le gustaba ver las caras de los pibes aprendiendo “Prestando atención”, como dicen las viejas “Mis viejitas”, pensó… Recordó los parciales, casi se olvidaba los putos parciales que había corregido de 1ro 2da, así que tuvo que volver, entró al escritorio y sonó el teléfono:

-¿Juan Quirós?

-Sí, él habla.

-Soy tu padre.- Aquella charla no duró más de cinco minutos, se tiró en el viejo sillón de mimbre que había heredado junto con los discos de Jazz y el mueble del living cuando murió Alberto, hombre que al parecer ya no era su padre. Sonrió pensando en las certezas.

Siempre supo que eso era una posibilidad, pero ellos habían sido tan naturalmente sus padres, que nunca se atrevió a preguntarles. Es verdad que incluso de chico le generaba alguna duda el hecho de no tener un solo rasgo de su madre mota. Él era rubio, su padre también lo era, con eso bastaba.

Recordó a su amigo de la infancia, de la cuadra, allá en el barrio de Balvanera del que nunca se había ido, ese niñito estúpido y malvado de Gabriel Mamani, que cuando tuvieron ocho o nueve, le dijo una tarde: Vos debés ser adoptado.- mientras miraba el culo gigante de aquella negra.

Y así labró una cadena casi interminable de recuerdos eslabones, que lo ató a la verdad irrefutable y a la angustia. Pensó en llamar a su madre, para qué, pobre vieja… Marcó el número de Gabriel, éste atendió y se escuchó el típico murmullo insoportable del aula:

-Gordo

-¿Qué hacés Juancito? Decime.

-Me llamó un tipo que dice que es mi padre.

-Fah! Te lo dije hace treinta años boludo.

-No seas boludo gordo, no es chiste.

-¡Cállense soretes! ¡¿No ven que estoy hablando por teléfono?!- gritó dirigiéndose a ese grupo de adolescentes descerebrados que odiaba, pero estaba allí cumpliendo con su labor, mucho más leve que estar cavando zanjas.

-¿Qué hago gordo?

-No vengas, ahora le invento algo a la dire, le encanta escuchar mis mentiras. Salgo en una hora, no hagas boludeces como llamar a tu madre, pobre vieja, voy para allá después. Procúrate unos capuchones Juancito, y whisky, va a ser una noche larga.

Cuando llegó a la esquina de la casa de Juan, trató de sentir ese trayecto más intensamente que de costumbre, así lo requería el momento. Seguía allí en la esquina de Sarmiento y Pasteur la heladería Venecia, y el kiosco de diarios de Leonardo, y su ayudante Ricardo, cómo olvidarlo, él había sido quién le facilitó la primera revista porno que vio en su vida, Destape. El bar, donde estaba el mozo parecido a Palito Ortega, la serie de locales iguales llenos de chinos, y el edificio de Juan. No pudo evitar estirar el cuello y ver su antiguo zaguán, la hermosa entrada de madera y mármol que lo vio crecer. Tampoco pudo evitar ir hasta ahí y sentarse como un niño viejo y llorar, porque caía en la cuenta de lo que vivía su amigo, y lo poco que tenía para decirle. Cuando pulsó en el portero eléctrico el cuarto “A”, se abrió la puerta y salió Flora.

-¡Marito! ¿Cómo estás?- Flora ya era vieja cuando Gabriel tenía ocho, y había sido muy amiga de Raquel y Gabriel padre. Sabía retar a Juan y Marito por los ruidos los domingos en la siesta.- ¿Cómo está Raquel?

-Muerta Flora… ¿No te acordás que la enterramos hace unos años?

-No me acuerdo pelotudo ¿Y tu padre sigue con esa pendeja?

-Tiene cincuenta años la mujer de Cacho, Flora… ¿A dónde vas a esta hora?

-Al mercado, tengo que cenar algo.- Él le sonrió y la abrazó metiéndola otra vez al edificio, aparte de ser más de las diez de la noche, el mercado ya no existía.

-Voy a lo de Juan, aguantá que te cocino algo y te lo subo.- Entraron al ascensor y tocó el sexto, cuando pasaron el cuarto ella le preguntó.

-¿No ibas a lo de Juan vos?

-Sí, pero antes quiero ver que entres en tu casa.

-No voy a mi casa yo, voy al mercado.- una vez que la metió en la casa bajó por las escaleras, golpeó.

-¿Qué hacé Gordo? ¿Dónde estabas?

-Con Flora ¿Qué tenés para cocinar?

-¿Me hiciste comprar dos capuchones y vas a cocinar?

Mientras Gabriel despellejaba un pedazo de pollo y le sacaba esa baba asquerosa, Juan empezó con la catarsis.

-La cosa es que vuelvo por pelotudo, suena el teléfono, atiendo, un tipo me dice: Soy tu padre, me dice. Chupate esa mandarina. Entendeme gordo que este gil me la puso.

Nada de esa noche fue relevante, Juan sólo repasó lo sucedido de hecho.

Cuando fueron por Maia, Gandolvi subía por las escaleras ajeno a lo que sucedía. Escuchó una ráfaga de ametralladora, breve, y lo supo. Maia y su hijo estaban muertos. Se metió en el cuartito del incinerador y se quedó allí por horas. Entró al departamento y no se animó a ver los cuerpos, fue directo a la habitación y sacó el dinero que tenían escondido. Desapareció para todo aquel que lo conocía. Gandolvi viajó a Estados Unidos e hizo su vida en Trenton. Y hace dos años se había enterado de la existencia de Juan por la entrevista de Basile. Lo cierto es que justo ese día Maia había ido al banco, y dejó a Juan con Zoca y Alberto. Había fuera de su casa un Peugeot 404 haciendo inteligencia, la siguieron cuando volvía de los trámites, por eso no llegaron a Juan. Y sobre todo porque el mote de Inteligencia no era más que una intención. Esta vez Vargas ni subió ¿Está todo hecho?, preguntó. Sí, respondió Moncho. Así es que por el periodista se entera de que habían encontrado solo un cuerpo. Una mínima investigación en Facebook lo había llevado a él.

Juan segmentó el espacio y lo midió, no sabía de qué forma lo mataría. Habría de invitarlo con alguna excusa a su departamento y lo degollaría, no, no se animaría. Eligió un palo, sí, un palo de amasar seguramente le rompería el cráneo y moriría. No, mirá si no muere, y tengo que empezar a cagarlo a palazos a hasta que no se mueva. No, no lo soportaría. Y pensaba esos absurdos porque lo había superado la realidad, comprendía que si aquel hombre solamente hubiese tenido el valor de buscar a su hijo, su vida sería otra. De hecho no era su vida, no era Quirós sino Gandolvi; no era Zoca, era Maia; no era Juan, era un verdadero desaparecido, y por su propio padre.

Cuando lo vio por primera vez, allá en barcito de Sarmiento al 2300, miró con compasión a ese tipo, le agradeció el haberlo entregado a sus verdaderos padres y simplemente lo dejó allí, con la mirada perdida, tratando de ahogarse en esa tacita de café.

miércoles, 15 de agosto de 2018

Ocho orejas escondidas (3)



Capitulo 3: Angelito Vila


La siesta boliviana de La Paz lo acobijaba en un microclima ideal para unas paceñas y House. Después del mediodía la ciudad moría, era simplemente así, nada pasaba luego del almuerzo. Eran las dos y media, mamá Jose seguramente vendría cerca de las seis para traer la ropa limpia y llevarse la sucia. No venía necesariamente por eso, sino que quería estar ahí, entre los recién casados.

Jose estaba en todo, era la mujer más metiche que conocía, pero era su madre y lo permitía. Cuando llegó tocó tres timbres, esa era la contraseña para avisar que era ella y que entraría con su llave, siempre tuvo una velocidad inexplicable para Ángel, el cómo se trasladaba Jose esos treinta metros que tenía el pasillo del PH en dos segundos. Ese día no ocurrió, él la estaba esperando agazapado detrás de la puerta con una Bombucha, quería recordarle que era época de carnavales, quería hacerla reír, sabía de los celos por su casamiento, quería mimarla ese día, incluso había planeado llevarla a cenar. Porque cuando salió a comer, fue a lo de Lito, entonces caminó por la peatonal, y como desde la mañana pensaba en ella, sin razón alguna, pasó por Millie´s a comprarle un jean. La vestía de joven, no quería que se vea como una abuela, entonces siempre le compraba ropa o le decía dónde hacerlo.

Se preocupó porque no llegaba y abrió la puerta del departamento, ella estaba con la bolsa de ropa en la mano y la cabeza gacha. Lo miró apenada y le acarició la mejilla, él soltó la bombita de agua que dejó caer y que rodó hasta dar en el zócalo de madera, la abrazó fuertemente.

-¿Qué pasa mamita? Vení, pasá.

Era abogado, estaba acostumbrado a recibir gente con problemas graves, al punto que desarrolló una técnica que funcionaba para calmar a las personas, y así les fuese más fácil relatar lo que venían a decir.

-Llegó una carta de Buenos Aires, me la mandó un viejo amigo que está al tanto de todo. Por fin ha terminado el trámite. El tipo que mató a tu mami está preso y tenés que viajar a firmar unos papeles para tomar posesión de tu casa.

-¿Qué casa Jose? ¿De qué hablás? – ella bajó la vista al suelo y se agarró la cara; los ojos, llorosos. Se arrepentía de algo que a Ángel no le importaba. Y se acostó en el sillón donde estaba ella. Como cuando era chico apoyó su cabeza en las piernas de Jose, y le pidió que le resuma todo.

-Tuve que tomar la decisión de hacerte parte del proceso o no, elegí que no, con el miedo de que de grande no estuvieses de acuerdo, pero eso decidí. Por eso jamás te entrevistaron ni nada. Cuando tenías apenas un añito, en el setenta y cinco, ya todos sabíamos lo que se venía, la gente estaba muy caliente con Isabel, los peronistas estábamos prohibidos, literalmente. Lo que habían sido derechos se habían esfumado y dolorosamente comprendimos que muchos íbamos a terminar muertos. Incluso nosotras, que solo militábamos en un centro de jóvenes al margen del peronismo, pero de esas raíces; algo inaceptable, claro. Entonces la Pocha me agarró una vez en esa misma casa, me sentó y me habló como una hora, dándome instrucciones y consejos acerca de lo debía hacer si ocurría lo que al final pasó. Al mismo tiempo puso el departamento a mi nombre y me dio cuarenta mil pesos ley, suma que metimos bajo el colchón y fue creciendo por unos años, hasta que pasó. Con ese dinero te traje para acá, alquilamos la casa de Bolívar y la vida continuó. El gobierno argentino siempre supo dónde estábamos, y algunas veces he tenido que viajar para declarar y demás. Así son las cosas hijo, no sé si me odiás o no, pero mi intención fue alejarte de todo eso en tu crecimiento. Perdón mi amor.

-Te quiero mamita, te quiero mucho.

Siempre tuvo alguna resistencia a Bolivia, pero no tenía nada que ver con la otredad, sino que desde la adolescencia, cuando se enteró del crimen, comprendió que era en realidad de allí, de Argentina, y sólo los que por alguna razón requerían su documento, advertían que era argentino, o vago, como nos llaman los bolitas. Pero al pisar el suelo de su patria, extrañó Bolivia, y definitivamente se sintió extranjero. Salió de la estación de retiro y el tráfico inmundo de ciudad lo cacheteó violentamente. Caminó por la vereda que vigila solemnemente el Reloj de los Ingleses, y mirando los frentes de las estaciones cabeceras de los ferrocarriles San Martín, Belgrano y Mitre, rió pensando en esos nombres como absurdos, frente a la realidad argentina del 2017.

Tenía todo anotado en una libretita, qué colectivo tomar desde allí al Hotel Bauen y luego hasta el abogado y por fin a la casa maldita. Pero decidió caminar, no tenía ningún apuro. Subió la cuesta del bajo en la avenida Córdoba, por esa fue hasta Cerrito, desde esa esquina vio el insulso y fálico adorno porteño del que se sienten orgullosos esos tipos. Lo tuvo en frente cuando llegó a Corrientes, a siete cuadras del hotel, siete cuadras que hubiese hecho en veinte minutos como mucho, pero la cantidad de librerías que hay en ese tramo de arteria porteña, lo retrasó hasta la noche.
Llegó al hotel, llamó a su madre, después al abogado. Durmió.

La cita era a las once de la mañana. A las nueve llegaba Priscilla, su esposa, quien insistió en que no fuera a buscarla a Retiro, porque había decidido viajar en avión y llegaba a aeroparque. De ahí se tomaría un taxi y ya.

Prefirió caminar por Callao, de la mano de Pris se detuvieron frente al bar Los Billares, Jose le había contado que allí la Pocha había conocido a Cacho, su padre. Minutos después llegaron a Sarmiento 2333, lugar del hecho.

“Te amo Angelito” leyó en la puerta de madera en ruinas, y eso que llaman nudo en la garganta lo estaba acogotando, su mujer pudo advertirlo y le agarró la mano, entendiendo todo lo que ocurría en el interior de su hombre.

Su madre había muerto allí dentro. De un balazo en la cabeza, así la habían encontrado el veintidós de octubre de 1978. Minutos antes de perecer, ordenaba la biblioteca, y renegaba por tener la tríada Nexus, Sexus y Plexus de Miller, armada de distintas editoriales. Acomodó los de Bukowski en el estante de arriba, porque lo consideraba superior al pelado estúpido y genio ese. Su hijo jugaba con el Operación, ese que tenías que meter los órganos con cuidado si no sonaba una chicharra. Y mientras Serú Girán era censurado aleatoriamente por el niño cirujano, Pocha escuchó las botas escaleras arriba, tomó de los brazos a Angelito que estaba en pleno juego, lo besó en la boca y le dijo aquello que él ahora veía escrito y que destrozaba su humanidad, y previa advertencia a Josefina, lo arrojó por el pulmón del edificio, así horas después “Mamá Jose”, como Ángel la llamaría toda la vida, lo sacaba del país, se lo llevaba a Bolivia, allí odian a los argentinos, había menos posibilidades de que los busquen, así se volvieron invisibles.

El “Te amo Angelito” había sido un aterrador réquiem en su cabeza que aparecía en sueños, en duermevelas y en situaciones inexplicables desde el día fatal, y que recién se calmó cuando mamá Jose, a los dieciséis años, le contó todo. Cuarenta y dos años después, miraba petrificado aquella esquela eterna en la misma habitación, aquel mensaje maldito y bendito a la vez, que solo una madre que quiere, no cualquier madre, pudo cuidar, incluso muerta, del paso del tiempo.

Miró alrededor buscando a ese niño, lo encontró cuando yendo a una de las habitaciones pateó la avejentada caja del Operación, lo tomó y se reconstruyó dolorosamente. Se acercó a la ventana, levantó la chirriante cortina de madera y se asomó a su pasado. Revivió la caída, y sintió cómo dios le arrancaba de las entrañas a su madre, y así lo odió, lo odió para siempre.

miércoles, 6 de junio de 2018

Ocho orejas escondidas (2)


Capítulo 2: Rosita Ugarte

Abrió la puerta del bañito de la habitación matrimonial y encontró a Rosita Ugarte, que sólo tenía nueve años, petrificada y con los ojos bien abiertos. Sostenía el lápiz labial de su madre con el que se había dibujado, sin quererlo, una boca de payaso. Venga a saber uno, si como dicen millones de personas desde hace dos mil años, tratando de convencer al resto incrédulo, de que existe un dios que todo lo puede hurgando en nuestro interior, o por pura casualidad, que Vargas llevó su pistola a la cabecita de Rosa y le dijo: “Qué lástima Oreja”. En el exacto segundo previo a disparar, el cabo Suárez, “Moncho”, gritó desde el comedor desesperado: ¡Coronel! ¡Coronel!- Vargas desvió la vista y a sus espaldas Rosita desapareció. El bañito de la habitación del Rulo Ugarte, como lo conocían sus compañeros, contenía un pasadizo al escondite que esperaba alguna situación similar, y al que le había enseñado a Rosita a acceder. No era casualidad que Vargas estuviese allí, tampoco lo era el escondite en la casa del Rulo.

Estaban escuchando Perdido, por Count Basie y Sarah Vaughan, a Rosita le encantaba imitar a Sarah frente al espejo de la puerta del placar que la copiaba de cuerpo entero, así que mientras se pintaba para su show, Rulo trozaba las verduras para el puchero, mientras la carne danzaba sola en su caldo salado. Vicky llegaba en dos horas, hasta eso la comida ya estaría. Aunque fuera una comida de invierno él la cocinaba ese treinta de Marzo caluroso porque su mujer había ganado el piedra, papel o tijera del desayuno. Así los tres elegían la cena.

Se había entramado con el ambiente una ligera angustia, tres días atrás la democracia había concluido, y aunque previo a eso era vox pópuli, no se aceptó el hecho hasta que la realidad lo puso frente a todos.

Los militares tenían el poder.

Los malditos militares, no los de San Martín, ni los soldados amantes de la patria, sino la más sucia de las calañas corruptas. Al fin se entendía que con Perón no se popularizó la milicia, sino que no era casualidad su llegada a la política.

Acá estaban los López Rega, Los Montoneros, el ERP y Videla.
Por su parte, Rulo estaba obnubilado con toda esa corriente de pensamiento que nació con la revolución Francesa de la que habían salido Olimpe de Gouges, Sartre, Danton, Voltaire, Montesquieu, el Dadaísmo, y luego las luchas contra el racismo en Norte América (como si acá no hubiese habido o no hay racismo).

Y eso irradiaba en su trabajo, parecía obligar a sus compañeros a elegir un libro ponerse a leer en los tiempos libres, como si esos tipos que se pasaban todo el día fundiendo metales, tuvieran ganas de llegar a sus casas y ponerse a leer historias de gente desgraciada. Todo el tiempo hablando de derechos y respeto al trabajador, y aunque General Electric tenía dirigencia extranjera, lo dejaban, porque no estaban al tanto de los procesos políticos de Argentina, les importaba sólo el segmento económico, sus variaciones accionarias.

Muchos años después recordarían sus compañeros de la empresa, como discutía Rulo con sus jefes para que se hagan efectivos los descansos en feriados, y los tiempos que necesitaban los compañeros que estudiaban. No olvidaban las veces que salía de su turno y se iba sin escala a la casa de algún compañero para ayudarlo en alguna materia que estuviese cursando. Y él creía que nadie lo veía, pero sí, lo veían los jefes, sus compañeros, sus amigos y el nuevo, Valerio Martínez. Un tipejo bajito, de alma oscura, un hombre tosco que escondía un pasado trayecto en la literatura, pero su ambición pudo más, y pesaron el hambre y la insistencia de su madre, que creía que los militares serían perpetuos. Así que se unió a las filas de la dictadura, en el más bajo de los escalafones, el de buchón. Los infiltraban en las reuniones de trabajadores, para que tome nota de lo dicho y señale posibles subversivos, personas peligrosas para la patria.

La gente estaba al tanto de todo, el pueblo argentino nunca fue ingenuo, es cómodo, y desde aquella época, cuando decide que sea el estado quien les pague la vida, tipos como Rulo, eran tildados de hippies, zurdos o socialistas. A Rulo todo le permitían, porque si había algo claro acerca de ese tipo, era que no tenía maldad. Todo lo que hacía era en función de un sano hedonismo.

Pero el buchón de Vargas no se la dejó pasar, y lo vendió con bronca “Ahora vas a cagar gordito de mierda…”, se dijo mientras hacía el informe en su casa de Caballito. Para el buchón, el Rulo era un tipo peligroso, mejor hacerlo mierda.

Entre las séptimas estridentes de Basie, los alaridos del estribo alto de Sarah, y los golpes en la tabla de picar, fue imposible advertir lo que sucedía. Al tiempo que la cara de Rosita se teñía graciosa de rojo, giraba una mano del diablo el picaporte y los cadetes entraban apuntando al Rulo, Moncho le pegó un culatazo con el fal y uno de los chicos le disparó sin remordimientos. Rulo cayó justo cuando Rosita saltaba del banquito y escuchaba el ruido de su padre contra la pinotea, así lo imaginó y así fue.
Vargas entró concluido el homicidio, respiró el humo con olor a pólvora girando románticamente el rostro, se acercó al cuerpo y lo movió esperando alguna reacción que lo obligara a rematarlo. Registró la casa cuarto por cuarto, hasta que se encontró con la niña. Gracias a que el Cabo Suarez se dejó llevar por la emoción de encontrar un fajo de billetes, Rosa esperó en la profundidad del silencio allí en el ciego escondite.

Cuando Vicky se encontró allí frente a la muerte, solo buscó el otro cadáver, como no lo encontró suspiró aliviada con las esperanzas hachas nudo en su garganta. Casi sin voz, dijo lo que tenía que decir y Rosa apareció por la puertita debajo del lavamanos.
Los meses siguientes al asesinato los vivió con el rostro hirviendo, soportó la farsa de los policías haciendo las parodias de la investigación mientras sabía que ellos mismos habían dado vía libre a ese operativo salvaje y desprolijo.
Porque así fue al principio, incluso más atroz que lo que vino. A Rulo lo mataron porque no sabían muy bien qué significaba silenciarlo, que era la orden, sin especificaciones, que recibían de arriba. Vargas tenía hambre de poder, eso lo volvía descorazonado, lo deshumanizaba.

Muchos años después, en los juicios, lo tuvo varias veces cara a cara a Vargas, sabiendo quien era y que había estado en su casa, que era quien dio la orden de muerte a su esposo y los dejó en la nada a ella y a su hija.

Sin embargo Rosita vivió con esa mirada del baño en sus pesadillas hasta el día que el represor cruzó las rejas de la cárcel de Santa Fe. Dos vidas habían perecido aquel día, cuando aún era esa niña que reía sin límite, que jugaba a ser cantante y sentaba a sus padres en el living para actuarles alguna versión de la última película que vio en el cine con su abuelo. Aquella niña de ensueños, terminó siendo una mujer depresiva, amoral y sin expectativas del mundo. Su madre era algo así pero un poco más grande. En muchos casos la dictadura había ganado, y la democracia, seguía siendo al día de hoy, irrelevante.

Ocho orejas escondidas (1)

Capítulo 1: La raíz de la miseria

Lo confundía esa idea popular de que las cosas no pasan porque sí. Porque existiendo el azar, eso que todo lo desbarata, y que termina siendo la herramienta que usan muchos para justificar sus acciones, la responsabilidad pasa a depender de un infortunio para desdibujar la culpa. El ser humano sabe temerariamente resolver rápido las cosas que lo perturban, en última instancia lo olvida. Entonces, mutan las formas de los parámetros sociales, se lastima a toda la sociedad, un pequeño grupo ataca de una forma tan desmedida, que incluso varias décadas después, el hombre sigue golpeado, asustado y sin reacción.
Sabía que temían. Intuía desde el sentido común el miedo lógico que impone un rifle en la sien; muchas veces le habían contado ese mito popular de las voces que gritaban agresivas, aún hoy dentro de esas cabezas, y que escuchaban desde la época de la represión la mayoría de las víctimas que había entrevistado. Y miró en silencio el original de su trabajo que sostenía, ahí parado, con cierto temor, y que ya habían leído sus protagonistas. Recordó esa teoría de la energía de los objetos que tanto predicaba su vieja amiga venezolana, la que los tocaba y sentía las cargas positivas o negativas que allí dejaban quienes los habían manipulado. Lo invadió una fuerte sensación de angustia, se acomodó, más bien se dejó caer en el viejo sillón y leyó, se zambulló en sus propios temores, rencores y fracasos.
Se imaginó en aquellas escenas, en oscuros escenarios, impotente, a un lado de lo que ocurría, como un observador invisible con el alma desgarrada y el rostro atravesado por largas lágrimas que semejaban las grietas de su espíritu. Quiso abrazar a esos fantasmas que andaban vivos entre nosotros, que hasta hace poco no sabían de sus verdaderas identidades. Y se preguntaba si la figura de la identidad lo valía, si aquella construcción no habría sido el mejor final; si la verdad, que les era completamente desconocida, y que se hizo presente para calmar angustias ajenas, no fue entonces el comienzo del fracaso, porque lo cierto, es que antes de todo aquello eran personas sin los grandes cuestionamientos existenciales, que sólo le interesan a los fanáticos de las nuevas logias políticas, de género, religiosas e incluso alimenticias. Cuando lo normal es ideal.
Tenía la maniática costumbre de obsesionarse con la corrección de las notas que llegaban a su escritorio, en la redacción de aquel diario ya completamente sin prestigio y en caída libre, donde aún, como los últimos dinosaurios que se resistieron al tiempo, seguía luego de treinta años como corrector. A veces las notas necesitaban incluso una reestructuración tal, que hasta debía pedir aclaración sobre un concepto a sus autores. Entonces las reescribía si era necesario. Así terminó más de una vez trabajando meticulosamente en aquellos textos atrevidos, insolentes de tanto odio a la gramática que profesaba diariamente el periódico capitalino de Santa Fe. Tiempo perdido, pensaba. Trabajaba allí como último recurso, y con la obsecuencia que se limita a los mejores, le permitieron editar un trabajo que empezó en el 2010, y que de alguna manera era lo único que lo incentivaba a seguir yendo a aquella mediocre oficina.
Motivado tal vez por su juventud militante peronista, encaró la escritura de una mirada objetiva, según él, de la historia de un grupo de niños que por una u otra razón habían salvado sus vidas en el momento en que capturaban y asesinaban a sus padres: dictadura. Era una historia de pasillo, “Los orejas”, que recién se hizo pública en el 2008, cuando el Sargento primero Vargas fue condenado a permanecer preso por el resto de su vida por la ejecución de catorce personas, entre los años 1976 y 1981. Luego de treinta años, la justicia aún dependía de los arrepentidos; nunca una investigación por parte de los jueces había llegado a encarcelar a nadie; siempre fueron necesarios los relatos de las víctimas, siempre puestos en tela de juicio y tildados de mentirosos, como el de “Moncho” Suarez. Así fue que en un pequeño párrafo del diario Clarín de Buenos Aires, se enteró de los sucesos.
No creía en dios. No tenía ningún credo, ni místico ni religioso, pero la tarde que salió de la Unidad Penal 2 Las Flores, luego de entrevistar a Vargas por primera vez, creyó estar frente al diablo.

Cuando comenzó todo, por fortuna de la desgracia, no advirtió que aquello transformaría su vida, su mente, su cuerpo, eso que enfrentó como a un monstruo indestructible y asqueroso que terminaría destruyendo su humanidad.
Esta publicación acaso fuera la más dramáticamente cierta y espantosa. Aquel puñado de vidas caminando por el mundo sin saber de sí, sin saber que su sangre aún hervía como muchas otras miles. Jamás tuvo necesidad hacerlo, los únicos preocupados en ello eran las personas que por alguna razón estrictamente personal, hacía suya una bandera que no les pertenecía, desapareciendo, maldita paradoja, toda construcción humana que habían logrado esos seres a los que no sólo no se les consultó nada, sino que también se los condenó a una verdad que los marchitó sin retorno, y que sólo por la estúpida pasión de alguno, habían perdido al final toda conexión con su realidad vivida.
Sabía que la tragedia no permite milagros, tal vez una u otra situación que alivien el peso, pero nada más. La tragedia era eso y ya, un desastre difícil de superar y con el que algunos, los que no se animaban a suicidarse, aprendieron a convivir.
La decisión crucial fue entonces decidir si tenía derecho a meterse tan íntimamente en las vidas de esas personas, arrancarlas de un mundo para abandonarlas en el purgatorio, y si aquella necesidad que tenía por la verdad, podía incluir a personas que sin duda saldrían lastimadas. La impronta hedonista, la ignorancia atroz, o un simple y estúpido e infantil planteo de sus quijotescas razones, lo hizo pensar que sí.

Su búsqueda le presentó a esas personas, incluso un tanto incrédulas de lo que este tipo les contaba. Al parecer la mente tiene algún tipo de protección contra los impactos fuertes en el cuerpo y les impide ver el total de la magnitud de la tragedia que protagonizaron, y se mienten: cómo no hacerlo… Algunos incluso interpretaron la presencia de lo milagroso, por el simple hecho de haber salido vivo. La vida les nublaba la estricta realidad de la que eran víctimas que aún sufrían, sin razón aparente, y que ignoraron hasta el momento haber sido parte de una de las etapas más dolorosas y oscuras de la historia argentina. Hasta ese momento, en que dejaron de ser quienes eran y comprendieron, jueces y partes, que ni la justicia, ni las razones, ni la verdad, importan a todos.