miércoles, 17 de octubre de 2018

2 de Octubre



DOS DE OCTUBRE:

Y tú, ¿qué sientes al correr?
Ángel del cielo con alas rotas
dejas rastros
 huella a huella
zancada a zancada
como un gota a gota.

 Y tú, ¿qué sientes al correr?
Danzando al compás de rutina quebrada
con auriculares puestos
  te vas dando cuenta
      la canción que pasó a ser,  
  a partir de una nota.
Y tú, ¿ qué sientes al correr?
Transformando la celeridad en un poema,
los colores de gama abrillantada
de sintonías musicales.
Y la velocidad de la luz,
vibraciones
  acribillando tus músculos
y canales bifurcados: tus venas.
Y tú, ¿qué sientes al correr?
Rehuyendo
la desgracia entre tinieblas
Soplo en el cuello,
escudos queratinosos
de piel mudada.
Y tú, ¿qué sientes al correr?
Tus pulmones revientan
Tu sexo palpita
Tus muslos se contraen
Tus ansias des limitan.
Ante la muerte que acecha,
Allí vas tú, loca, impasible…
paseando frente a ella, 
le das buenos días,
y cordialmente le recibes.
Ahora nada te frena
No desaceleras
Ni redimes.
Luciérnaga solitaria y pasajera
Que el cáncer mata
y lo concibe.
Pececito en jarrón encapsulado,
que ahora en pecera cristalina vive
contento tocando fondo
Anhelando el arrecife.

Y tú, ¿qué sientes al correr?
A los trotes en recta línea
le arremeten veinte espasmos.
Las lágrimas violentamente retenidas.
Exhala el frio aire
oprimido en el pecho.
       Ya no sabe que le conviene,
de tanto pensar sumergida
una cosa se había olvidado:
que será pez de rio.
Fluirá a corriente de agua
          hacia mares abiertos.
Luciérnaga solitaria
que se apaga poco a poco
el cáncer le mata
y a la quimio se resiste…
 No quiere desfallecer entre paredes,
 ni atisbanda de caras tristes.

Salió a correr una madrugada
Cuando era la hora pico.
Estimó los colores del cielo
y se vio a sí misma, viva.


La muerte no es final de camino
Sino lo que da sentido a al a existencia
Y tú, ¿qué sientes al correr? Pues Yo,
 me siento en el aire.

Lucia Galluccio.

jueves, 27 de septiembre de 2018

Han pasado miles de lunas



    ¿No soy acaso la misma

                                                                                                                   pálida

                                                                                                           efervescente

                                                                                                               presencia

                                                                                                                        que se dilata,

                                                                                                    E   x  P  a  N d   E
                                                                                                                                           Y
                                   CONvERgE

CUANDO tú ME NOTAS

siquiera,

                                                   en un vano eclipsar?


Lucia Galluccio

Niña Gitana



'¡Ay!' No se me revele morena.
'¡Ay!'  No afile perlas, mi dulce niña gitana.
He jurado creerle trigueña y a grandes creces 
pagar condena.
He silenciado habladurías.
He desdeñado calumnias de viles injuriosos.

Ahora mi corazón, es el que habla:
“Y caí a sus vísceras
mullendo en su falda,
apretando sus carnes
saciando mis ganas”.

Al canto de un gallo
Envueltos en un mísero desahogo
 los amantes desvestían dos almas,
  felizmente disfrazadas.

¡Ay!' No se me revele morena.
'¡Ay!'  No afile perlas,
mi dulce niña gitana.
Más que solo éste acontecer
desgarra enterita mi alma:
‘A mala racha he de enterarme
 que no era amor del bueno,
 solo diversión sana’.  
Ahora mi corazón, mejor calla.

Y al paso de unos cuantos anocheceres
bajo manto sórdido de la noche poco clara,
mi alma canta entristecida.
Le apena la nostalgia
al soñar con sus largos   y alborotados cabellos
 o encontrar en sus pupilas negras
refulgentes llamas.  

'¡Ay!' No se me revele morena
que quererte más no puedo;
Es un santo pecado retener el fuego
que consume mi halo de hiel.



Lucía Galluccio. 


lunes, 24 de septiembre de 2018

A la Musa de mis entrañas

Querida Lisi:


Ni la amante de Quevedo, ni la agonía de Petrarca por Laura.
Ni el deseo de Juana de Asbaje, ni las lisonjas de esta fiel servidora.
María Luisa,  a usted le imploro, condesa de  Paredes.
No es que mi indulto sea por decoro.  Ni mi llanto tan perenne.
Mi  diáfana intención es la búsqueda de vanagloriar  su figura
y llevarla hasta lo más alto de la noria;  que no hay gloria en donde more
mujer más tentadora;  que despierte  carne y mundo, empero,
 cuando su rostro asoma.



María Luisa,  son sus labios dulces rosas,
deshojadas margaritas.
 Y son sus ojos cristalinos,
pequeñas piedras esterlinas.
Ni el Santo Padre, ni el Santo Oficio, ni los reyes de la Nueva España
volverían mis palabras un edicto,
o gozosas
         de revelación santa.





Sin importunarla,  confesar debo, restar constancias de sus primores
y secretos palaciego;
que por carencia de vocación de literata y de finura cortesía
ni siquiera me atrevo a retratar su figura,
ni cautivarme pretendo de tal afrodisíaca beldad.

Lucia Galluccio

Querida Señora Nicolson




Lo primero que vio al entrar en su casa, a las afueras de la ciudad, fue un inhabitual desorden, hacía veinte años que vivía allí, y nunca había visto algo fuera de lugar. Preocupado y más asustado de lo que nunca admitiría, tomó un paraguas, ubicado en un jarrón cerca de la puerta, lo sostuvo preparado para atacar y prosiguió caminando. Cuando entró a la cocina, notó que estaba como siempre, soltó un suspiro, “menos que limpiar” fue lo primero que se le cruzo por la cabeza. Subió por las escaleras, estaba muy nervioso, su respiración comenzó a agitarse, sus manos sudorosas agarraron con más fuerza aquél paraguas amarillo perteneciente a su madre, al subir el último peldaño vio un elefante gris tirado en medio del pasillo. Levantó una ceja, tragó en seco y en cuanto su cerebro terminó de analizar todo, su quijada cayó, el peluche no estaba tan gris como siempre, se notaban pequeñas manchas. Corrió lo más rápido que sus delgadas y cortas piernas le permitieron, corrió hacia la última habitación, aquella que pertenecía a su hermano pequeño, quedó parado frente a la puerta, con miedo, no quería ver lo que estaba al otro lado, tomó valor, respiró hondo y abrió la puerta. Desde el umbral vio la peor escena de toda su vida, un par de rodillas tronaron contra el suelo y de sus ojos, que no podían dejar de ver a Beni, o lo que quedaba de él, comenzaron a salir gruesas y pesadas lágrimas.

Una señora, orgullosa de sus setenta y tres años de vida, estaba cocinando, cuando escuchó a lo lejos un grito lleno de dolor y desesperación, levantó la vista con una amplia sonrisa en su rostro, disfrutando de aquél sonido, luego de unos segundos, se dispuso a terminar de sacar los ojos de la pequeña cabeza que yacía sobre la enorme mesada de mármol.


Evolet Pitt


Junto al mar del Norte


Se me asfixia el alma al saber que nunca vas a mirarme,
que nunca vas a sonreír
 cuando escuchas de mí.
Se me parte el aire cuando palpo tu indiferencia
y cuando el recuerdo de tus besos viene a golpear mis labios.
¡Oh, Mujer hermosa!
 Mujer realizada, mujer como ninguna,
 de cabellera escarlata y mejillas muertas
¿Qué malvado hechizo pusiste en mí?
 Cómo hiciste para que tu nombre quede marcado en mis entrañas
 con la misma tinta indeleble
 que se esparce por tu blanquecino cuerpo.
Dime mujer de mujeres y también de hombres,
 cómo acabar con la tortura,
cómo frenar mis ganas de envolverte
 entre mis entumecidos brazos
 cuando tu aroma se hace presente.
Dime, mujer de una noche,
 cómo suicidar este amor que crece mansamente
 por tus ojos de turmalina negra.
Tú que te volviste patria mía,
 que tu voz se convirtió en mi himno,
 y tus luces deslucidas y manchadas
se convirtieron en mi bandera flamante.
¡Oh, mujer de grandes lunas!
 Con mis rodillas ya gastadas te lo suplico,
 dime cómo hacer para abrazar mis ganas de tocarte.

                                             
                                            Evolet Pitt 


Calesita al revés


Calesita al revés

Acostado en el fino colchón de su habitación, con sus piernas juntas y brazos estirados a los costados, acariciando la acarosa alfombra verde musgo que tal vez es solo verde y el musgo real, como una decoración, o tal vez es pobre, tan pobre e ignorante que no sabe limpiar una alfombra.
Observa el ventilador girar, tan lento como si fuera una calesita al revés y puede cerrar sus ojos e imaginar niños caer, porque fueron contra las reglas y no se sujetaron del caballo azul-gris. “Agarrate bien Tomás o te vas a hacer mierda contra el piso” puede escuchar el grito algo rasposo de una señora con vestimenta colorida, cabello desteñido y olor a cigarrillo. Y Tomás que no le hizo caso, cae junto a otros niños al vacío y luego a la pansa del pobre ignorante, rebotan como un trampolín, ruedan, van directo al colchón hasta llegar a la alfombra y se llenan de musgo. Otros, con mala suerte entran directo en el ombligo como tromba, enredados en el remolino de pelo negro sucio, sudor y se ahogan… y mueren.
Ellos no tuvieron tanta suerte.
“Caen niños del cielo” dijo, o tal vez solo eran arañas, hormigas o pulgas y quiso pensar que eran niños, porque era divertido. Imaginar una calesita al revés, ver caer personitas como monedas y jugar a quien va más lejos del pobre borracho ignorante que muere poco a poco. Abre sus ojos, y ve.
Caen niños de la calesita.

martes, 18 de septiembre de 2018

Naufragio

Último aliento que dediqué a tu nombre -sin mención del número exagerado de 
borradores hechos- … todo ciclo cierra para incitar nuevos comienzos.

Tsunami onírico embriagado de memorias,

 titilante resplandor de una reminiscencia fugaz y desopilante.

Recuerdo

tus ojos negros posando en aquel cuaderno

 papel

borrador.

                                  Escritos prometedores

                                                                       de arduos sentires,

                                                                               estados e ideas...

V
    a
  i
         v
    e
          n
      e
           s 
                                        v
                                        e
                                        r
                                        t
                                        i
                                        c
                                        a
                                        l
                                         e
                                                                 s  y  horizontales

de margen                                                                                       a margen

que relataban una parcial verdad de todo lo que en tu mente circundaba.


Recuerdo
aquel locuaz recitar sonoro
Y la impasible ligereza del timbre de tu voz.
El énfasis  entonando cada puntuación
y   el aliento fugitivo,
entre largas pausas.

Recuerdo
la cándida lumbre lunar
posada en la ventana,
El fogón a leña con su chispear;
música de fondo
decorando un ambiente sobrecogedor y armónico.
Espacio poco distante entre dos.

Arrepentimiento 
                        de no haber dado un corte al aire: navaja punzante y letal.
Arrepentimiento
                         de no haber sellado nuestros labios; 
                                                    y barajar al destino con un as.
Arrepentimiento
                         de haber dejado escurrir el tiempo, el momento.
                                                                                      La no oportunidad.
Arrepentimiento
                         de haber precipitado los hechos
                                                                                 a priori.
                                                                                           Daño colateral.

Recuerdo.
Imparcial
 incompleto.

Recuerdo inexistente que poco concilié
fruto de la fantasía por el carecer del concreto,
material,
físico
anatómico
ser corpóreo
 objeto,del furtivo
 encuentro.

Sentada en aquella silla contemplando tus gestos,
tus orbes,
                                   y tu sonrisa llana.

 y recuerdo.
¿Que es aquello que recuerdo?   si, a vos.

Absorta atención hacia el cuaderno. 
El cuaderno.


Recuerdo la luz que resplandecía de la fogata
¿recuerdo la fogata? 
                                                     fogata impresa en el recuerdo
de mis memorias..



de la basta impresión que tengo del resplandor que volvía nítidas las letras
del poema en tu cuaderno.

Poema que resplandecía  a luz de la fogata
Impresa  en mis recuerdos,
adherida,
     retrato de postal.


Arrepentimiento del carecer de olvido
de la remembranza espiralada 
que se jacta de lo 'no vivido'
lo inventado
lo negado
lo prohibido

de lo casi,
parcialmente acontecido
que nos remonta en donde todo

inicia.



Lucia Galluccio

sábado, 1 de septiembre de 2018

La Pianista de largos dedos


La Pianista de largos dedos, sentada sobre  la butaca.
La vista se le desvió involuntariamente hacia el púlpito desde donde procedía la lectura de los Salmos.
Sus ojos se perdían en la infinitud del azul grisáceo, eclipsados por unas cuantas lágrimas.

Ella,  embelesada.
Ella, absorta.
Ella.
Cautivada por la mágica melodía del piano.
Ella, seducida.
Ella, fascinada.


La Pianista de largos dedos, 
estaba enajenada, triste.  
Comenzó a acrecentarse el ritmo 
del latir,
palpitar
bombear.
Ella, las dejó caer.
Ella, no se percató.
Ella.

No percibió las notas  resbalar de sus dedos
con pulcra suavidad.
Y por el suelo de la capilla 
 las notas se esparcieron .

         La Pianista de largos dedos, 
              se irguió nuevamente en su butaca

                  Al momento que la tormenta estalló;

             Y   las primeras gotas de lluvia 
                     arremetieron contra los vitrales.



Lucia Galluccio

viernes, 31 de agosto de 2018

Dejame abrazar la escarcha



Los árboles gritan
se retuercen,
temen.
El viento danza sin culpa
deja huellas
que duelen
                   des ga rran,
pero no se ven.
Nadie las ve.
Pero todos las sienten.
                   Ese vacío,
lo hueco del recuerdo,
las agujas muriendo
a las doce
y las moscas saboreando
el almíbar del
pasado.
Los árboles lloran,
pero sus hojas
ríen
mientras sus raíces
m
u
e
r
e
n.
Todo muere.
Todos mueren.
Y nadie dice
n a d a.
La escarcha quema
el frío se rompe,
y los árboles arden
en el pensamiento
de aquellos
que los dejaron secar.
Crecen malvones
sobre cadáveres
con plumas
rojas,
azules,
y blancas.
Y nadie dice
n a d a.
A nadie le importa
y todos
m
u
e
r
e
n.
Sombras tiemblan en
verano,
tienen frío bajo tierra,
No recuerdan el
sol
y lloran polillas,
ellas no quieren,
ellos tampoco,
todos corren por el
sendero envenenado
de momentos
R O T O S,
todos corren por el
sendero,
N A D I E quiere ser
     
                                     O
                                       L
                                         V
                                           I
                                            D
                                              A
                                                D
                                                  O,

pero todos rezan
a las brujas creyentes,
piedad para olvidar.


Soledad Moyyss







jueves, 30 de agosto de 2018

Ocho orejas escondidas (4)



Capítulo 4: Juan Quirós


Juan suspiró antes de abrir la puerta y salir al mundo, un halo de resignación recorrió su cuerpo. Esa maldita rutina que en el 2017 en Argentina había que agradecer. El país se había vuelto un juego macabro manejado por invisibles, lo cierto es que teniendo trabajo todo podía pilotearse.

Le gustaba trabajar, le gustaba enseñar, le gustaba ver las caras de los pibes aprendiendo “Prestando atención”, como dicen las viejas “Mis viejitas”, pensó… Recordó los parciales, casi se olvidaba los putos parciales que había corregido de 1ro 2da, así que tuvo que volver, entró al escritorio y sonó el teléfono:

-¿Juan Quirós?

-Sí, él habla.

-Soy tu padre.- Aquella charla no duró más de cinco minutos, se tiró en el viejo sillón de mimbre que había heredado junto con los discos de Jazz y el mueble del living cuando murió Alberto, hombre que al parecer ya no era su padre. Sonrió pensando en las certezas.

Siempre supo que eso era una posibilidad, pero ellos habían sido tan naturalmente sus padres, que nunca se atrevió a preguntarles. Es verdad que incluso de chico le generaba alguna duda el hecho de no tener un solo rasgo de su madre mota. Él era rubio, su padre también lo era, con eso bastaba.

Recordó a su amigo de la infancia, de la cuadra, allá en el barrio de Balvanera del que nunca se había ido, ese niñito estúpido y malvado de Gabriel Mamani, que cuando tuvieron ocho o nueve, le dijo una tarde: Vos debés ser adoptado.- mientras miraba el culo gigante de aquella negra.

Y así labró una cadena casi interminable de recuerdos eslabones, que lo ató a la verdad irrefutable y a la angustia. Pensó en llamar a su madre, para qué, pobre vieja… Marcó el número de Gabriel, éste atendió y se escuchó el típico murmullo insoportable del aula:

-Gordo

-¿Qué hacés Juancito? Decime.

-Me llamó un tipo que dice que es mi padre.

-Fah! Te lo dije hace treinta años boludo.

-No seas boludo gordo, no es chiste.

-¡Cállense soretes! ¡¿No ven que estoy hablando por teléfono?!- gritó dirigiéndose a ese grupo de adolescentes descerebrados que odiaba, pero estaba allí cumpliendo con su labor, mucho más leve que estar cavando zanjas.

-¿Qué hago gordo?

-No vengas, ahora le invento algo a la dire, le encanta escuchar mis mentiras. Salgo en una hora, no hagas boludeces como llamar a tu madre, pobre vieja, voy para allá después. Procúrate unos capuchones Juancito, y whisky, va a ser una noche larga.

Cuando llegó a la esquina de la casa de Juan, trató de sentir ese trayecto más intensamente que de costumbre, así lo requería el momento. Seguía allí en la esquina de Sarmiento y Pasteur la heladería Venecia, y el kiosco de diarios de Leonardo, y su ayudante Ricardo, cómo olvidarlo, él había sido quién le facilitó la primera revista porno que vio en su vida, Destape. El bar, donde estaba el mozo parecido a Palito Ortega, la serie de locales iguales llenos de chinos, y el edificio de Juan. No pudo evitar estirar el cuello y ver su antiguo zaguán, la hermosa entrada de madera y mármol que lo vio crecer. Tampoco pudo evitar ir hasta ahí y sentarse como un niño viejo y llorar, porque caía en la cuenta de lo que vivía su amigo, y lo poco que tenía para decirle. Cuando pulsó en el portero eléctrico el cuarto “A”, se abrió la puerta y salió Flora.

-¡Marito! ¿Cómo estás?- Flora ya era vieja cuando Gabriel tenía ocho, y había sido muy amiga de Raquel y Gabriel padre. Sabía retar a Juan y Marito por los ruidos los domingos en la siesta.- ¿Cómo está Raquel?

-Muerta Flora… ¿No te acordás que la enterramos hace unos años?

-No me acuerdo pelotudo ¿Y tu padre sigue con esa pendeja?

-Tiene cincuenta años la mujer de Cacho, Flora… ¿A dónde vas a esta hora?

-Al mercado, tengo que cenar algo.- Él le sonrió y la abrazó metiéndola otra vez al edificio, aparte de ser más de las diez de la noche, el mercado ya no existía.

-Voy a lo de Juan, aguantá que te cocino algo y te lo subo.- Entraron al ascensor y tocó el sexto, cuando pasaron el cuarto ella le preguntó.

-¿No ibas a lo de Juan vos?

-Sí, pero antes quiero ver que entres en tu casa.

-No voy a mi casa yo, voy al mercado.- una vez que la metió en la casa bajó por las escaleras, golpeó.

-¿Qué hacé Gordo? ¿Dónde estabas?

-Con Flora ¿Qué tenés para cocinar?

-¿Me hiciste comprar dos capuchones y vas a cocinar?

Mientras Gabriel despellejaba un pedazo de pollo y le sacaba esa baba asquerosa, Juan empezó con la catarsis.

-La cosa es que vuelvo por pelotudo, suena el teléfono, atiendo, un tipo me dice: Soy tu padre, me dice. Chupate esa mandarina. Entendeme gordo que este gil me la puso.

Nada de esa noche fue relevante, Juan sólo repasó lo sucedido de hecho.

Cuando fueron por Maia, Gandolvi subía por las escaleras ajeno a lo que sucedía. Escuchó una ráfaga de ametralladora, breve, y lo supo. Maia y su hijo estaban muertos. Se metió en el cuartito del incinerador y se quedó allí por horas. Entró al departamento y no se animó a ver los cuerpos, fue directo a la habitación y sacó el dinero que tenían escondido. Desapareció para todo aquel que lo conocía. Gandolvi viajó a Estados Unidos e hizo su vida en Trenton. Y hace dos años se había enterado de la existencia de Juan por la entrevista de Basile. Lo cierto es que justo ese día Maia había ido al banco, y dejó a Juan con Zoca y Alberto. Había fuera de su casa un Peugeot 404 haciendo inteligencia, la siguieron cuando volvía de los trámites, por eso no llegaron a Juan. Y sobre todo porque el mote de Inteligencia no era más que una intención. Esta vez Vargas ni subió ¿Está todo hecho?, preguntó. Sí, respondió Moncho. Así es que por el periodista se entera de que habían encontrado solo un cuerpo. Una mínima investigación en Facebook lo había llevado a él.

Juan segmentó el espacio y lo midió, no sabía de qué forma lo mataría. Habría de invitarlo con alguna excusa a su departamento y lo degollaría, no, no se animaría. Eligió un palo, sí, un palo de amasar seguramente le rompería el cráneo y moriría. No, mirá si no muere, y tengo que empezar a cagarlo a palazos a hasta que no se mueva. No, no lo soportaría. Y pensaba esos absurdos porque lo había superado la realidad, comprendía que si aquel hombre solamente hubiese tenido el valor de buscar a su hijo, su vida sería otra. De hecho no era su vida, no era Quirós sino Gandolvi; no era Zoca, era Maia; no era Juan, era un verdadero desaparecido, y por su propio padre.

Cuando lo vio por primera vez, allá en barcito de Sarmiento al 2300, miró con compasión a ese tipo, le agradeció el haberlo entregado a sus verdaderos padres y simplemente lo dejó allí, con la mirada perdida, tratando de ahogarse en esa tacita de café.